Mi noche empieza cuando su sueño comienza, tomo un libro y a la amada media luz de la noche me aisló de todo y de todos. Junto a mis audífonos, fastidiada y llena del tedio de la rutina, del vaciarme en los otros; recupero mi voz mientras escucho la música con la que me desvelaba en mi departamento con chelas y sensoriales platicas en CDMX.
De día amorosamente me entrego a él, porque sé que en mis manos a su edad me toca sembrar su futuro. Dejo de ser por el deber ser, disfrutando la grandeza de su amor. Mientras nada pasa y todo acontece, pienso que es increíble la facilidad en que podemos olvidarnos de uno mismo con tanto ruido, distracción tecnológica o cumplir con aquello que nos somete para mantenernos.
Cada día me sorprendo la facilidad que es perderse en la mente. Nuestros pensamientos no se callan, no se detienen de deambular por los tiempos del pasado, presente y futuro; sin mencionar lo difícil que es mantenerse en el presente, ahí donde la felicidad aguarda. Tan poco acostumbrados estamos que hasta mantenerse en el eterno presente es agobiante.
Mi pecado recae en el deber ser, tener que cumplir con los requerimientos para mantenerme estable, lo único necesario para vivir tranquilamente en sociedad. El colmo, es mi penitencia; que con disciplina voy recuperando los minutos, para hacerle un espacio a mis sueños durante el día.
No sé qué le pasa a la mente humana, que busca constantemente escapar de lo que siente, observa y hace, ¿Tal vez porque dice que hace o dice que siente? ¿Temor a no saber hacia dónde se dirige? Es como cuando despiertas por las mañanas, piensas en tu día y no encuentras nada lo suficientemente estimulador para levantarte.
Pero de noche, de noche la historia es otra. Mis dedos bailan sobre letras iluminadas exteriorizando la voz de los labios del deseo. Caricias que junto a la música y café hacen vibrar mi ser. Solo cuando cae la noche, pues la noche es mía y me permito existir.
Alejandra Landa